
Cuando era niña, no esperaba despierta hasta la medianoche para despedir el año. Era muy pequeña cuando entendí que algún día mis padres morirían. Desde entonces, la fugacidad del tiempo me agobiaba. Prefería irme a dormir. O no ducharme ni consignar con rito alguno que algo acababa. Tuve mucha suerte de que, en la casa en que nací, todos decidieran ignorar el hecho de que la última hija en nacer, además de no haber llegado cuando todos eran adultos, lo había hecho con el alma un poco vieja.
A medida que avanzaron los años, mis hermanas y los primos migraron; mi boicot a la Nochevieja se fundió con el cansancio de una casa familiar vacía de fiestas navideñas.
Cuando cumplí los dieciocho, ahorré y me compré un billete de avión para despedir el año en Nueva York. Faltaban tres horas para que bajara la mítica bola de Times Square cuando el frío, el humo, el sinsentido y la habitual tristeza me convencieron de caminar contracorriente entre la marea de gente hasta suplicarle a un policía de la ciudad que levantara la valla de metal y me dejara salir. Ese día me juré que nunca más despediría el año lejos de casa.
En casa, al menos, no faltaban los botellines de sidra ni las uvas, aunque fuera para comerlas en pijama. En casa hacía siempre calor, aunque a mi padre le malhumorara el estruendo de los fuegos artificiales o mi madre llorara al hablar con sus hijas migrantes.
Una de las últimas veces que despedimos el año todos juntos fue el año en que conocí e invité a Pablo, hoy, mi marido. Aquella nochevieja fue una de las últimas fiestas en la casa de mi infancia.
Con Pablo aprendí a mirar la Nochevieja con menos recelo.
Como quien no quiere la cosa, nos aseguramos de tener las uvas y al menos dos botellines de sidra. Para brindar, usamos las copas de doña Ruth, a quien nunca conocimos, pero de quien heredamos las copas midcentury que dejó en la que fue su casa, que ahora es nuestra. Con cuidado, sacó de su cajita la añejada y escarchada corona de cartón que usé aquella primera vez que despedimos el año juntos. A las doce, bailamos “Un año más”, de Mecano. Corremos a cruzar la calle con una maleta para que no falten los viajes. Antes o después, nos atragantamos con una uva al mes. Luego, bailamos hasta que llega el cansancio: un ritual que solo tiene sentido entre nosotros, en esa intimidad liviana y cómoda capaz de sacudirse las ganas de no bañarse o de irse a dormir, porque el rito es una forma de sentido.
Así también, desde que mi padre murió, bailar en nochevieja es también una forma de hacerle frente a la fugacidad del tiempo, esa que ahora me agobia de otra manera. Me agobia la idea de que cada año nuevo me aleje más del tiempo físico en que tuve el honor de coincidir en abrazos, andares, bailecitos y brindis con mi padre. ¿Y qué si los años borran la nitidez de su voz en mi memoria?
A mí, a quien su muerte le enseñó a aferrarse a una proporción igual de fe y de ciencia, no me queda más que bailar, aun cuando la tristeza venga a frenarme. Bailo, convencida de que la teoría de la relatividad ha dicho que, para todo lo que se mueve, el tiempo pasa más lentamente. Ahora que algo se me ha escapado —que mi padre está disperso en el universo—, cruzo el umbral entre un año viejo y uno nuevo bailando. Me muevo —coronita de cartón y escarcha en la cabeza— hasta que el cuerpo empieza a sudar. Llorar. Brindar. Comer las uvas. Bailar. Sudar.
Bailo cada 31 de diciembre como quien viaja por las curvas del tiempo; una forma, al menos, de no alejarme tanto del calor, de eso que nunca faltó en la casa que fue mi padre.
«I stop and do nothing. Nothing happens. I am thinking about nothing. I listen to the passing of time. This is time, familiar and intimate. We are taken by it. The rush of seconds, hours, years that hurls us towards life then drags us towards nothingness… We inhabit time as fish live in water. Our being is being in time. Its solemn music nurtures us, opens the world to us, troubles us, frightens and lulls us. The universe unfolds into the future, dragged by time, and exists according to the order of time».
–Carlo Rovelli, The Order of Time

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