La ilusión de ordenar

En la primera semana del año todo ha sido movimiento. Reorganicé mi cuarto de escritura. Desempolvé los libros; los cambié de lugar. Lavé las ventanas. Ahí, donde entra más luz, he colocado el escritorio. Aproveché para revisar las decenas de libretas que he venido acumulando desde hace varios años.

Entre las páginas de una encontré unas instrucciones para caminar por la ciudad de Madrid, fechadas el 12 de octubre de 2011. Me alegró la memoria de una época sin celular ni internet, en la que investigaba el mapa de una ciudad y lo transcribía en instrucciones enumeradas para no perderme.

En las páginas siguientes de esa misma libreta también encontré un listado de equivalencias lingüísticas necesarias para sobrevivir en los mercados gallegos por aquellos días en que me mudé a estudiar a la Universidad de Santiago de Compostela:

tomate triturado = salsa de tomate

alubias rojas = como habichuelas

carne picada = carne molida

ternera trozada = carne para guisar

Claro que no tardé en descubrir que para que me hicieran caso en la fila del mercado debía gritar como hacían las señoras gallegas. En algún lugar debe haber una lista de frases que les escuché decir y anoté para repetir con autoridad cuando fuera necesario.

Hacer listas es un hábito que aprendí de mi madre. Hago listas de pendientes. Hago listas de recetas. Hago listas de libros por leer. Hago listas mentales de groserías que no volveré a decir. Hago listas de la gente a la que tengo que llamar. Hago listas de lo que me ha ofendido. Hago listas para memorizar los pasos de una coreografía. Hago listas fotográficas de ideas que veo por la calle. Hago listas de imágenes y de preguntas que me vienen a la mente a la hora del insomnio.

«¿Cómo duermen los pulpos?» es una de las preguntas que aún conservo en una lista de mi celular.

He leído en algún lugar que las listas son un género discursivo en sí. Podrían ser incluso un género literario. Bien podría vaciar mis listados en una memoria de tentativas para ordenar, despojar la ansiedad, disuadir el insomnio, mecerme en la ilusión de que he dominado, por fin, la tentación de hacer, en cada hiato de tiempo, lo que pide el momento en lugar de lo pactado.

En aquel viaje a Madrid, claro está, no seguí las instrucciones y me perdí más veces de las previstas.

Le acepté a un extraño un cigarrillo mientras cometía la barbaridad de acudir a una corrida de toros —fenómeno, por supuesto, que había que tachar de una lista—. A aquel hombre maloliente no le entendí mucho de lo que decía, pero había sido la única persona que me había concedido una conversación en los tres días en que decidí hacer mi primer viaje sola. Me enseñó que cuando el toro muere, el público sacude un pañuelo. Podría identificarlo en una lista de sospechosos porque el rostro de la amabilidad no se olvida.

Ahora que desempolvo ese recuerdo, también aparece en la memoria de ese viaje el rostro de un señor al que agradecí que me sirviera la comida con una sonrisa, algo poco común por aquellos días en España y que más tarde comprendí se debía no solo al malgenio castizo, sino también a la profunda depresión económica iniciada en 2008 con la burbuja inmobiliaria. También aparece el del dependiente de un cibercafé en la calle Antón Martín, quien me ayudó a recuperar el código de seguridad para desbloquear el móvil. Tras unos minutos de pánico, lo conseguimos. Me despedí y me senté en un banco de la calle para llamar a casa.

—¿Tú te acuerdas de la vez que fuimos al Zoológico de Mayagüez y una muchacha nos preguntó si teníamos un teléfono para llamar a su hermano y decirle que la recogiera? —le pregunté a mi papá antes de colgar.

Debía tener, quizás, unos ocho o nueve años. Tener un teléfono celular era una novedad que empezaba a ser común. Aquella muchacha había estado caminando para arriba y para abajo en la entrada del zoológico, hasta que, me imagino, se armó de valor para preguntarle a alguien –mi papá– si por casualidad tenía un teléfono. Íbamos al zoológico porque mi madre tenía una lista de lugares a los que, como padres responsables, debían llevarme. Dicho sea, mientras limpiaba el cuarto de escritura, encontré entre los álbumes una foto de una de esas visitas al Parque Ceremonial de Tibes, en mi ciudad.

—No, pero a la gente siempre hay que ayudarla —respondió. —Cuidado con la gente, no hables con extraños—añadió mi padre antes de seguir preguntándome hasta cuándo me quedaría en Madrid y cuándo empezaban las clases en la universidad.

¿Qué discernimiento dota a uno de la capacidad de distinguir entre la posibilidad de la bondad y del peligro en la gente extraña? ¿Será algo más que la providencia?

Si fuera madre, le diría a mi hija lo mismo: “Cuidado con la gente, no hables con extraños”. Pero entonces, ¿cómo prevenir que se pierda el goce profundo de tener la capacidad de maravillarse ante lo extraño, de lo que va más allá de uno?

He aprendido, con los años, que existe una preciada forma de humanidad a la que uno apuesta cuando habla con extraños.

Esa será la resolución del año —escribo en una libreta nueva—: hacer inventario de amabilidades y extrañezas, regenerar la paciencia para el desorden, que son las maravillas y las calamidades que vienen con una vida bien vivida, que es esa que se sale de uno —del celular inteligente, del mapa, de la lista— para encontrarse con los demás.

En Tibes, con mi mamá, uno de los lugares en su lista de paseos educativos para su hija menor.


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