
¿Qué tiene esta tierra? Tan húmeda y tan fértil. Tan insustituible. Al mismo tiempo, agobiante.
Eso dice una «Note» que empecé a escribir en mi celular. Es probable que la escribiera entre los aplausos que amablemente se ofrecen en el protocolo de algún evento que alguien incluyó en la agenda del rol que ocupo, porque sí. O tal vez la escribí en la pausa que alguien pone en la agenda de las reuniones que más tienen que ver con navegar la marea de las deliberaciones o con buscar que otro decida, eso que, en eufemismo, se traduce en «fortalecer la alineación entre las partes».
Permanecer en esta tierra. Es una oración que agobia, como toda ambigüedad.
Ha dicho la Academia que dos cosas puede significar permanecer:
- intr. Mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad.Sin.:
Ant.:
- mantenerse, quedarse, continuar, durar, seguir, estar, persistir, perpetuarse, conservarse, resistir.
- cambiar.
- intr. Estar en algún sitio durante cierto tiempo.Sin.:
Ant.:
- residir, vivir1, habitar, establecerse.
- irse, abandonar.
Se puede permanecer sin mutación. Se puede permanecer durante un plazo determinado.
Lo que la Academia no contempla es que este verbo, en la Isla donde vivo, está a merced de lo incontrolable. La economía. El estrecho de Hormuz. El exceso de confianza de la gente mediocre. El cansancio de la gente que ya intentó construir el País y moja el sarcasmo en el café que ordena cada mañana en El Hipopótamo. Lo incontrolable. El padre que muere. La madre que enferma. Las conferencias de prensa de la gobernadora. El insaciable apetito de toda la gente que necesita algo de ti. El abandono irremediable de la gente que no necesita nada de ti. Los amigos que se van. El carrito del supermercado más caro, más vacío. La gente que deja los carritos del supermercado tirados en el estacionamiento.
A veces tengo reuniones verdaderamente importantes. En menos ocasiones de las que quisiera, aplaudo con ganas tras una conferencia magistral. Cuando ocurre, es como si alguien me hubiera llevado los tobillos con el carrito de compra del supermercado. Me da furia y busco moverme.
«Por esto, regresé y permanecí”, escribí en una «Note» del celular tras escuchar a Cézanne Cardona decirle a un grupo de graduandos que no tenía grandes consejos —que, como ellos, también carga préstamos universitarios, deudas inesperadas y el costo absurdo de los peajes—, pero que desde la autocomplacencia no se puede servir con honestidad, y que, aun entre las dificultades de vivir aquí, el amor sigue siendo la única fuerza capaz de sostenernos.
La idea de la permanencia me llevó hoy a un poema de Kenneth Lewis, a quien no conocía. «No thing is ever through», reza el poema titulado «Permanence» y publicado en septiembre de 1936. Nada llega realmente a concluirse. Todo permanece provisional. Eso dice el poema.
La vida secreta de los adultos era esta. Lo sé. Suspirar: no hay mal que dure cien años. Vestirse para la oficina. Suspirar: un día a la vez. Ponchar la entrada y la salida. Suspirar: pronto llegará el día de mi suerte. Nadar y tragar agua. Suspirar: jugué unos numeritos en la lotería. Respirar azul clarito cuando el peso diera para una vueltita a la manzana.
La vida secreta de los adultos es adornar la permanencia con el aire de la decisión libre y voluntaria. Confiar. Creer. Tratar de ir tranquilito por esta cosa sobresaltada llamada vivir —“this startled thing called living”— como en el poema de Lewis.
Mañana es día de Graduación en el lugar donde trabajo. Mañana respiro azul clarito. Seguiré el protocolo exigido para el rol que ocupo. Pero cuando aplauda, lo haré por los adultos que –en secreto– permanecieron en esta Isla y tragaron agua para que sus hijos o nietos estudiaran. Aplaudiré no como la autoridad académica, sino como la hija de mi padre.
Ese es y será nuestro azul clarito.
Su luminosidad traspasará los límites del tiempo, como la imagen final del poema de Lewis:
“a pool
Of light and dancing shadow where a tree
Once stood, alone is permanent to me.”
La permanencia reside en aquello con lo que uno hace las paces. La emoción que pronto se vuelve algo quieto, casi fantasmal, como el amor por la patria o la emoción al cantar ‘DtMF’. La permanencia es la huella de lo perdido.
Permanecer es aceptar que casi nada se sostiene sin desgaste. Eso lo saben los adultos.
Haber permanecido en un lugar durante mucho tiempo también implica aprender a reconocer cuando el desgaste se parece demasiado al momento de irse.
Si supiera la clave de Morse, este es el mensaje que le aplaudiría a los graduandos.

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